“Un perro tiene más libertad”: Palestinos en el campo de Cyber City para refugiados procedentes de Siria

Cyber City es un campo poco habitual situado junto a un desolado cruce de carreteras en las afueras de Irbid, en el norte de Jordania. Oculto tras un muro y algunos pinos, se alza un lóbrego bloque de seis plantas; a sus pies, chatarra oxidada y una árida llanura. Antes sirvió para acoger a trabajadores migrantes, pero ahora alberga a unos 500 refugiados procedentes de Siria.

Tras pasar los controles de seguridad me encuentro con Abu Alaa, un digno refugiado de 60 años cuyos dos hijos están desaparecidos en Siria. “Todavía sin noticias −suspira, tomándome la mano cariñosamente−. Acabo de llamar otra vez.” Su teléfono muestra varias llamadas sin respuesta a números de su país.

Dice que sus dos hijos adultos habían tratado de seguirle a Jordania, pero les negaron la entrada por su origen palestino. Parece que en ocasiones distintas en los meses siguientes fueron detenidos por las fuerzas de seguridad sirias y Abu Alaa teme que hayan muerto.

Los palestinos se han visto muy afectados por la violencia en Siria. Casi la mitad de los alrededor de 500.000 refugiados palestinos que viven en ese país han sido desplazados. Los campos de refugiados y otras zonas en las que viven, como el campo de Deraa, y Yarmouk y Sayida en Damasco, han sido escenarios de intensos combates.

Unos 6.000 residentes se vieron obligados a marcharse del campo de Ein al Tal, en Alepo, en abril de 2013. Según los informes, en mayo de 2013 el campo de Sbeineh, en Damasco, fue alcanzado por un misil tierra a tierra que mató al menos a cinco personas. Entre las al menos otras cinco personas fallecidas por disparos de mortero en el campo de Khan Eshieh, cerca de Damasco, en junio de 2013, había al menos dos niños y dos mujeres.

Pero los hijos de Abu Alaa están entre los cientos, cuando no miles, de refugiados palestinos que huyen de la violencia en Siria que se cree han sido rechazados en la frontera con Jordania, lo que vulnera el derecho internacional. Aunque Jordania acoge a alrededor de medio millón de personas procedentes de Siria, en general no permite el acceso a refugiados palestinos o iraquíes, a hombres que viajan solos ni a personas sin documentos. Dados los abusos contra los derechos humanos y la violencia generalizada en Siria, debe permitirse que todas las personas que huyen del conflicto busquen seguridad, sin discriminación.

De los cerca de 7.000 palestinos o más que sí consiguieron entrar en Jordania, bien antes de que el país negara todo acceso a ellos, a principios del año pasado, bien con documentos falsos, algunos fueron devueltos posteriormente a la frontera, lo que también vulnera el derecho internacional.

Bilal, que entró en Jordania antes que otros miembros de su familia, me cuenta que su padre y sus hermanos fueron detenidos en Amán y escoltados a la frontera en diciembre de 2012. “Una noche mi hermano mayor llamó y me dijo que los habían llevado hasta allí a punta de pistola. A mi hermano pequeño le habían agarrado del pelo para meterlo en el vehículo de los servicios de seguridad que los llevaron allí. Esperaron tres días a sólo 100 metros del puesto fronterizo jordano, mientras se desarrollaban combates en las proximidades, esperando que les permitieran volver a entrar, hasta que mi hermano mayor resultó herido y se dieron cuenta de que la única opción era buscar ayuda dentro de Siria.”

Mahmud Merjan tuvo peor suerte. Los residentes de Cyber City dicen que lo mataron en una calle siria a finales de 2012, tres semanas después de que lo obligaran a firmar un documento “voluntario” en el que se comprometía a regresar a Siria. “No fue un homicidio arbitrario –dice un hombre que le conocía bien−. Era conocido y estaba buscado por el régimen.”

Según algunas fuentes, ha habido intentos de devolver a la frontera a decenas de palestinos procedentes de Siria. Al parecer, las intervenciones internacionales han bloqueado algunos de estos intentos. Los residentes de Cyber City me cuentan que en tres ocasiones, los familiares se subieron al tejado y amenazaron con arrojarse desde allí, en un intento, aparentemente exitoso, de paralizar otros casos de devolución.

Todos los residentes de Cyber City han huido de Siria. Pero mientras antes los palestinos procedentes de ese país eran mayoría, me dicen, su número se ha reducido porque muchos se han hartado de las condiciones y han vuelto a la zona de conflicto. “Prefiero volver y morir en Siria con cierta dignidad que vivir aquí sin ella”, dicen muchos.

Las quejas por las condiciones en las que viven aquí son numerosas. A los palestinos no se les permite oficialmente salir de Cyber City. De vez en cuando se conceden permisos informales para visitar a familiares en Irbid y Amán, etc., pero la mayoría de los habitantes están encerrados en el edificio y sus inmediaciones. Estas condiciones equivalen a una detención arbitraria. “Lo siento, pero un perro puede ir y venir con más facilidad que nosotros”, dice muy frustrado Ali, que lleva aquí más de un año.

La frontera cerrada para los palestinos y la detención arbitraria de palestinos divide aún más las familias, cuyas identidades reflejan décadas de caos y combates. Sena, siria, está aquí con sus hijos, mientras su esposo palestino no puede entrar en Jordania. Ziad está en Cyber City mientras su esposa y sus hijos sirios están en una ciudad jordana. El anciano Abu Khaled tiene que permanecer aquí, mientras sus familiares que tienen la nacionalidad jordana, no.

Aunque los sirios y los palestinos procedentes de Siria aprecian estar a salvo en Jordania, tienen que luchar para subsistir. Cada persona tiene un vale mensual por valor de 24 dinares jordanos (unos 34 dólares estadounidenses) que cambian por comida en una pequeña tienda cerca de Cyber City. Esto representa sólo 0,80 dinares al día, señalan varias veces. Una lata de atún de 160 g cuesta más que eso en la tienda.

“Aquí es un 100 por 100 peor para los palestinos que para los sirios –dice Ziad–. Uno, les dejan salir de este lugar y a nosotros no, y dos, cuando salen pueden acudir a organizaciones benéficas, mostrar su tarjeta de la agencia para los refugiados de la ONU, que los palestinos no tienen porque están bajo el mandato del [Organismo de Obras Públicas y Socorro de la ONU], aunque deberían recibir los mismos servicios, y les dan más ayuda.”

“Cada día aquí es igual –prosigue Bilal–. Comer, dormir, comer, dormir.” Junto con otros, dice los nombres de las familias que han decidido arriesgar su vida para volver a Siria. “Sí, esto es lo que quiere el gobierno jordano, que volvamos. Pero ¿cuál es la alternativa? Aquí vivimos sin un propósito. Esto no es vida.”

Un amigo del fallecido Mahmud Merjan resume su sentimiento de desesperación: “Visitar Jordania era uno de los sueños de nuestra vida, pero vinimos y nos encontramos con todo este odio. Esperemos que no haya más campos de refugiados para palestinos en el cielo.”

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